jueves, 4 de enero de 2018

Bitacora de vacaciones. Día 15.

Alguna vez una profesora me dijo que el sedentarismo era uno de los grandes logros del hombre. Mantenerse en un lugar significaba el domnio del entorno natural. Estar en un sólo lugar le haría olvidarse de recorrer largas distancias e ir sin rumbo como animal. Sin embargo, yo que por esos años era un vago en potencia, sólo pensaba en lo divertido que era caminar y conocer otros lugares. Subir a un carro o un autobús y conocer otros sitios, me llenaba de felicidad. Lo hacía poco pero cuando ocurría me resultaba satisfactorio.

En mi comunidad existía un maizal enorme que llevaba a otra sección de la colonia (ahora ahi existen dos unidades habitacionales y un pedacito de maizal se mantiene en litigio). Tendría seis o siete años cuando lo atravesé por vez primera y me perdí. Llegué a una salida que no conocía y tuve que pedir ayuda para poder regresar a mi casa. A las personas les resultó muy divertido pues estaba apenas a unas cuantas calles de la mía. Esa primera experiencia me hizo ponerme el reto de ir más allá y gracias a un compañero de la escuela aprendí a recorrer ese maizal memorizando escondites, salidas, los árboles desde donde otros niños vigilaban el cultivo, etc. Pero yo quería más y cuando tuve mi primera bicicleta salí de la colonia cada vez más lejos, hasta que un cafre me hizo entender que las avenidas eran caminos peligrosos para los niños en bicicleta.
 
Fue hasta la secundaria cuando tuve la oportunidad de caminar más lejos, fui de una colonia a otra hasta llegar a otros municipios. La idea de convertirme en vagabundo me atraía pero aún no medía lo complicado que eso podría ser para un chamaco acostumbrado a comer tres veces al día y dormir en una cama afable.
 
Por aquellos años uno de mis primos, con el que guardo muchos momentos gratos, al quedar huérfano de padre y madre, tomó la decisión de buscar suerte en otro lugar. Aquí, en su país, todo estaba muy limitado. Sigue igual o peor. "Me va a ir bien", me confió antes de irse y me compartió su ilusión de comprar una flota de camiones para manejarlos y conocer todo el país. Quería ser chofer de Estrela Blanca. Han pasado veinte años de su partida y aunque el contacto que tenemos es mínimo, la idea de volverlo a ver, es cada vez más lejana. Ahora vive en Estados Unidos y sus ganas por regresar son nulas. "No tengo nada que me ate a México, más que los recuerdos y esos los cargo diario", me dijo apenas en navidad.

El mismo año en que mi primo salió de México yo conocí a El Mota, un salvadoreño que estaba de tránsito por acá. Llevaba años viajando y meses estacionado en México. Lo conocí en una fiesta mientras él le hacía honor a su mote y yo lo cuidaba de la policía, que entonces era menos permisiva con los mariguanos. Vivía con una mujer mayor que él que le daba comida y cobijo a cambio de varios favores. Si bien, le convenía estar aquí su idea de llegar a Estados Unidos era ambiciosa pues llevaba años sin proveer de dinero a su familia. Al salir de la prepa yo me distancié de la vida desmadrosa y le perdí la pista. Curiosamente, dos amigas comunes, también tuvieron que salir del país y ahora viven en España. Me imagino que les va bien porque aunque han venido a México siempre regresan a la tierra que las adoptó. Con ello no quiero decir que la vida como migrantes sea sencilla pero seguramente han logrado algo mejor que de haberse quedado en México.
 
Y entonces recuerdo también a Claudia quien vive en USA y hallá ha logrado forjar una familia y una vida, o al desmadroso de Corona, que movido por las circunstancias se vio obligado a huir del país y ahora se encuentra viviendo el american way of life, no sé si como en los videos de hard rock que veía en la adolescencia pero si, cuando menos, para vivir mejor que en su país.
 
Mentalmente elaboro una lista de todos los migrantes que conozco y caigo en la cuenta que son muchísimos. Todos ellos por diversas circunstancias han tenido que arrancarse de su lugar de orígen para buscar mejor vida. Todo lo anterior viene a colación porque llevo semanas trabajando un texto acerca de migrantes que me ha costado mucho trabajo. ¿La razón? Es complicado desentrañar los sentimientos de quien se encuentra alejado de su tierra, de sus amigos, de su familia, de sus costumbres. Uno arma un cuestionario y lo vuelve entrevista pero hay algo en ese testimonio que se vuelve complejo a la hora de redactar un relato con sus respuestas. Pude haber optado por entrevistar a alguno de mis familiares, a los que están fuera o a los que vinieron a vivir a México. Pude optar por Ryan o Matias, amigos cuyo paso por este país echo raíces o ganas por seguir viajando. Pude decidir por cualquiera de los que nombré arriba pero no. Opté por escribir acerca de Dubraska porque la conozco y no. Nuestra relación ya cuenta diez años pero nunca nos hemos dado la mano. Cuando vi la película Her me acordé mucho de ella pues así la siento ya que todo nuestro contacto ha sido vía mensajes escritos, algunos de voz pero muy pocos. Su historia es dura, cruda, pero me cuesta trabajo redactarla.

¿Y ustedes, tienen la certeza que siempre van a estar ahí, en la comodidad de donde decidieron hacer vida?

La historia de Dubraska me dice que no, que tenemos que preparar una maleta en la puerta por si un día requerimos partir.
 
 
 

miércoles, 3 de enero de 2018

Bitácora de vacaciones. Día 14.

"Lo veo diferente, ¿qué se hizo?", me pregunta una ex alumna a la mitad de un centro comercial. Yo a ella si la veo diferente: más alta, más delgada y atlética, mejor maquillada, calzando zapatillas y cargando una bolsa de mano. Iba acompañada de una niña. Su hija, supuse. La recordé cuando era mi alumna: chaparrita y regordeta, siempre con exceso de maquillaje en el rostro, vistiendo tenis y pantalones rotos. Era una niña extrovertida y grosera. Hoy se conduce con respeto, su hablar es pausado y ya no se carcajea escandalosamente. "Tú sí estás muy cambiada, ¿qué te paso?" La historia es extensa, tanto que hasta tiempo nos da para saborear un helado doble. Su cambio se resume en una palabra: educación.

Recuerdo su andar por la escuela pues estuvo en un grupo muy complejo, lleno de variables que iban desde la violencia intrafamiliar y el consumo de drogas hasta la violencia sexual. A su corta edad esos muchachos ya sabían lo que era no llegar a casa en varios días sin que sus padres se preocuparan por buscarlos. En algún momento tuvimos peleas madre e hija y padre e hjo, dentro del salón. Alguna discusión entre los padres de dos alumnos, terminó en golpes. Sabíamos que la mayoría consumían drogas y en algún momento llegaron a inhalar solventes dentro del salón. El caso más severo fue de una chica que fue violada en una fiesta que se prolongó por tres días. Sus padres ni estaban enterados y la chica sólo se aguataba el miedo para evitar más problemas. Un grupo dinámico, complejísimo, de los más difíciles que recuerdo.

Ella me muestra con orgullo su credencial de la universidad. Está por terminar la licenciatura en contaduría y se siente orgullosa de haber llegado hasta ahí reconociendo las escuelas por las que transitó anteriormente. "Luego de que salí del Centro anduve como dos años de desmadrosa, no hacía nada, siempre en la fiesta, echando desmadre o en mi casa haciendo quehacer. Me acuerdo que un día me lo encontré en San Bartolo y le pregunté que dónde podía estudiar la prepa. Pues me fui a ese CETIS y qué cree, que la terminé. Me costó mucho por el inglés y anque me tardé más que los otros, si logré sacar el certificado. Una chavita que conocí ahí fue la que me dijo que hicieramos examen para la universidad. Una vez, dos veces, tres veces. Al poli, a la UAM, a la UNAM. No nos quedabamos. La verdad tampoco estudiabamos mucho. Yo ni me apuraba, mis papás tampoco, para ellos ya era un logro que hubiera terminado la prepa y con eso se conformaban, pero me exigían que buscara trabajo. Un día sí me salí a ver qué encontraba. Yo iba dispuesta a lo que fuera, de mesera, de cajera en el Soriana, en la Mimí, en un puesto de ropa. Mientras caminaba me acordé de los chavos del salón, de los que se moneaban y ahora vivían en la calle, de los que se murieron por cocos, de las morras que ya eran mamás y sus esposos las puteaban, de la morrita que violaron, de la que mataron. ¿Usted no supo de eso, verdad? Yo no quería terminar igual y total que enconré una chamba y cuando supe lo que era ganarse en dinero me pagué mi siguiente examen y me puse a estudiar. Ahora sí me quedé. Lo malo que me quedaba bien lejos pero así me aventé dos semestres hasta que me conseguí un trabajo y un cuarto para rentar cerca de la FES. Ahorita ya trabajo como ayudante en un despacho y me va bien. Si me titulo rápido tengo chamba asegurada." El entusiasmo con que mi ex alumna comienza su relato me hace pensar en cuántos de los muchachos que han transitado por el Centro han llegado hasta ahí. Son pocos pero lo hay, concluyo.

"Ya sé por qué lo veo diferente", estalla de alegría mientras la observo detenidamente. "¡La ropa! Trae camisa. Usted nunca usa camisa. Touché. A decir verdad uso camisa únicamente cuando lo amerita. Esta vez lo hago simplemente porque quise hacerlo. Hace veinte años solía usar playeras negras con estampados de grupos de rock. Así me presentaba a trabajar y por esos días ese aspecto me volvió peculiar. Con el paso del tiempo seguí usando playeras pero dejé atrás el color negro y los estampados escandalosos. Lupita, mi fiel compañera, un día me enseñó una tienda donde podía comprar playeras sin estampados. Había de muchos coores pero desde entonces opté por el blanco y el gris, invariablemente. Muchos alumnos creen que no tengo mucha ropa y que siempre visto la mismas ds playeras a lo largo de la semana. Lo cierto es que mi guardarropa es como el de Pedro Picapiedra, Homero Simpson o Sónico, ¿lo han visto alguna vez?

Sí, tal vez parezca un retrato pero a mí me resulta cómodo. No me complico. Estiro la mano y sacó una de las dos variables que, además, combinan con mis pantalones y mis zapatos y tenis. 

Mi ex alumna pide una selfie. Selfietitis. La odio. Pero, ¿cómo puedo negarme si este pedacito de tarde me ha hecho feliz? Se acaban las vacaciones y yo no he descansado mucho. Creo que comenzaré el 2018 con estrés laboral.

 hasta que un día que estaba recordando cuando estaba en la secundaria con usted, pensé en todos los desmadrosos. 




martes, 2 de enero de 2018

Bitácora de vacaciones. Día 13.

"Es un don", suele decir una amiga fingiéndose meme cada vez que le rezo sus defectos después de una terrible cagada. Acto seguido nos reímos hasta llorar y brindamos por la ocasión. Mi don más puro consiste en hacer enojar a la gente. Normalmente, para que eso ocurra, primero tengo que enojarme yo y dependiendo de lo que haya originado el enojo, sigue la reacción.

Hoy he hecho enojar a más gente que de costumbre. El polvo en casa me ha hecho enojar y eso ha provocado contagiar mi enojo a los albañiles, a la DRO que comisioné para que la obra estuviera en el tiempo requerido, a los proveedores de material por su impuntualidad, a la vecina que no es buenona pero sí viejita cochina, al vecino que saca a sus perros a cagar a mi pasto, a la señora de la tienda que no tiene focos, etc.

A quien más hice enojar es a quien quiero. ¿Por qué? No lo sé. Mi pretexto es que el polvo en la casa me está haciendo estragos pero sobre todo que las vacaciones ya van a terminar y la obra no está terminada. En conclusión: no he descansado nada. El cansancio hace estragos en mí y eso me hace enojar. Bueno, el polvo me hace enojar más.

Así que antes de hacerlos enojar con mis ocurrencias sin imaginación, mejor me voy a dormir. es justo para todos.

lunes, 1 de enero de 2018

Botacora de vacaciones. Día 12.

Mis antepasados tenían la fiel creencia de que todo lo que se hace el 1 de enero resume los siguentes 364 días. Por eso mi madre cultivó un ritual de encenderle una veladora a la Divina Providencia y después de acudir a misa, compar la comida, bebida y risas con sus seres queridos. Para su desgracia yo nunca aprendí de esos rituales y sólo me concentro en cosas vanales: comer, beber y ver televisión, en pocas palabras cultivo la fiaca.

Ayer, sin embargo fue un día singular. Después del sismo de 19 de septiembre el lugar que habitó sufrió algunos daños que la autoridad consideró como menores. Nada que un par de albañiles conocedores del oficio y los ahorros para un viaje para cuatro personas no pudieran solucionar. Malamente, elegí estas vacaciones para que ese par de hombres hicieran su trabajo y de paso se ganaran en dos semanas lo que yo ahorré en varios meses de privaciones.

El problema de tener albañiles en la casa implica varios problemas: 1) se pierde la privacidad, 2) se clausura el ocio e el descanso, 3) los horarios se vuelven infumables, 4) no hay salidas ni a la esquina, 5) el dinero se esfuma en la compra de materiales, 6) uno se involucra en dinámicas ajenas sobre todo cuando quien paga por la obra estudió pedagogía y no arquitectura, 7) se devela el misterio de la palabra chaflán, 8) el tirol y el yeso son capaces de desatar un debate similar al del consejo de seguridad de Naciones Unidas, 9) al paso de los días uno se arrepiente de haber contratado a esos hombres, y 10) hasta el último rincón de la casa se llena de polvo.

¡Qué van a saber ustedes de tener albañiles en su casa el 31 de diciembre a las 20:16 horas! Se supone que el cualquier hogar que se precie, ese día, a esa hora, uno tendría que estar bañado, perfumado y ajuareado para recibir el año con una copa de champaña en la mano. Ni madres. Yo a esa hora me encontraba observando a un par de albañiles que contemplaban su obra, me imagino, igual que Giovanni de Dolci lo hizo cuando los albañiles le entregaron la Capella Maggiore.

*   *   *

Es 1 de enero y en esta casa sólo hay polvo de yeso, picazón en la nariz de los moradores y unas ganas irrefrenables de estar cualquier otro lugar. Pero no, estamos aquí, en pijama, entre cobijas polveadas, comida con tierrita, botellas y vasos de cristal opacos y caras malhumoradas. Ni ganas de encender el televisor o poner música.

Son las 3 de la tarde y todos tenemos la necesidad de limpiar algo. ¿Qué se puede limpiar cuando el polvo vuela al menor movimiento? ¡Nada! Como ya sabemos las consecuencias de hacerlo preferimos seguir con la vida imaginando que moramos las cavernas y que somos cavernícolas.

Esta vez no hay visitas y sí muchas llamadas telefónicas. A las 9 de la noche recordamos que sobra carne para asar y afuera la parrila está dispuesta para eso. Encender el carbón resulta sencillo pero cuando echamos los primeros trozos de carne al fuego un ventarrón azota la jacaranda que está frente a mi casa. Al igual que cada año cuando pasa esto me pregunto: ¿quién dice que las jacarandas son bonitas? La respuesta viene de inmediato: seguro alguien que no tiene una frente a su casa.

Y así, con carne llena de hojitas de jacaranda, empolvados y enojados, comenzamos el 2018. Un resúmen del año que hoy inicia.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Bitácora de vacaciones. Día 11.

La cena de año nuevo nunca me ha representado tanta formalidad como la de navidad pero no por ello dejo de darle la debida importancia. Esta vez consideré preparar una carne asada.

Ingredientes para una carne asada:

- 2 kg de ribe eye
- 2 kg de new york
- 2 kg de aguja norteña
- 2 kg de milanesa de contracara
- 2 kg de costilla de res
- 2 kg de picaña
- Un costillar de cerdo de buen tamaño (normalmente pesa 3 kg)
- Salchichas
- Alitas enchiladas
- Chistorra
- Chorizo brasileño
- Queso asadero
- 5 kilos de tortillas

Una parrillada que se precie debe llevar complementos. Lo mejor son unos frijoles charros. Ingredientes para lo frijoles charros:

- 1 kg de frijol bayo
- 250 g de salchicha
- 250 g de jamón
- 250 g de tocino
- 500 g de chicharrón

La preparación de todo esto lleva su tiempo así que en lugar de escribir detalladamente el procedimiento de prparación, mejor me apuro a hacerlo en la vida real o de lo contrario, comenzaré el año cocinando.

Feliz año 2018.
 

sábado, 30 de diciembre de 2017

Bitácora de vacaciones. Día 10.

El último obsequio que recibí por parte de los Reyes Magos fue la Fortaleza secreta de Mask. Cursaba el sexto grado y meses atrás había escuchado los primeros rumores acerca de la identidad de esos fantásticos y generosos seres. Por mi propio bien me resistí a creer en esa patraña y llevé la ilusión al límite.

Mask, por cierto, fue una caricatura que le hizo competencia a G.I. Joe y que generó cierto arraigo entre varios ñoños como yo. Cuando salieron las figuras de acción muchos nos volcamos a pedirle a nuestros padres que nos compraran algunas pero ellos prefirieron dejarle esa encomienda a los reyes de oriente. El año siguiente me convertí en un precursor de los males actuales pidiendo a mi madre que de día de reyes me obsequiara un Atary 2600. Tuve el regalo semanas atrás aunque pude utilizarlo hasta el 6 de enero.

Después de eso me alejé de las jugueterías por muchos años y únicamente me vi obligado a regresar a ellas cuando mis hijos comenzaron a ser bombardeados por los comerciales de la televisión y los comentarios de sus compañeros. Así, la labor de buscar muñecos cachetones de la marca Cabagge Patch, hornitos mágicos, princesas, Bratz, maquinas de trenzas, todos los personajes de Toy Story, pistas de Hot Weels (que por cierto siempre resultaron un fiasco), Max Steel en quince versiones diferentes y una interminable cantidad de juegos de mesa, se volvió un calvario que concluyó cuando mis hijos, aún siendo niños de primaria, me hicieron saber que una fuente fidedigna les había develado el misterios de los reyes. De esa manera el siguiente regalo que les hice fue un Xbox Kinect con lo que desde entonces los obsequios se comprar con mucha antelación y sin la emoción de elaborar las cartas y bolear los zapatos.

Por una razón denominada sobrina, desde hace tres años volví a retomar la andanza por las jugueterías en estas fechas. Invierto bastante tiempo en esta labor pues me encuentro desconectado de las novedades.

Hoy invertí parte de la tarde en recorrer los pasillos y entre los básicos Nenucos, las princesas de Disney, las pistas de Hot Weels, los personajes de Toy Story, las seiscientas versiones del señor cara de papa, los juegos de mesa y los súper héroes de la liga de la justicias, cinco juguetes llamaron mi atención:

1) Los juguetes de Playmobil. Un clásico de clásicos. Siguen siendo baratos, hermosos y lo mejor de todo: existen muchas presentaciones de estos singulares amiguitos cuya finalidad de divertimento promete muchas horas de imaginación. A mi sobrina tal vez no le llamen la atención pero a mí sí. El set de Los Cazafantasmas puede ser un gran obsequio bajo mi árbol.

2) El juego de química Mi Alegría. Me impactó ver que sigue tan vigente como hace treinta años. La misma caja, los mismos elementos, el manual de experimentos. Mi primo tuvo uno y jamás pudimos concretar algo. Ni una chispa. Tal vez sea hora de volver a tenerlo y reiniciar nuestro interés por la ciencia.

3) Un set de tatuajes. En mi infancia para colocarnos un tatuaje temporal bastaba con comprar un Gansito o unos Pingüinos Marinela. Recortábamos el personaje, empapábamos la piel con alcohol y colocábamos el muñequito presionándolo por varios minutos. A los padres no les gustaba eso. En la actualidad la cultura del tatuaje ha mutado y por eso entre los juguetes que llamaron mi atención fue una caja que contiene elementos para hacerse tatuajes: calcas, pintura, plantillas, diamantinas, etc. Conozco personas que seguramente lo van a comprar para ellos.

4) Un aerógrafo. La idea de crear me parece hermosa. Conozco muchos niños y jóvenes que dibujan bastatnte bien pero se encuentran detenidos en los lápices de colores o las crayolas. Este aerógrafo trabaja básicamente con pinturas que puedes usar sobre cualquier superficie. Será un hermoso regalo que muchos aspirantes a diseñador gráfico pueden pedirle a sus papás.
 
5) Bop it versión minions. Conocí el Bop it en su primera versión porque mi hija me lo pidió. Al año siguiente salió una versión nueva y también lo compré. Hace dos años compré la versión Androide A2R2, de la Guerra de las galaxias. Muchos dicen que no le hallan chiste al jueguito pero se vuelve adicción. esta vez hay una nueva versión Minion que es lo mismo que las anteriores pero ¡en forma de Minion! Si mi hija no lo pide, tendré que comprarlo por voluntad propia.

Y ustedes, ¿qué le van a pedir a los reyes?

viernes, 29 de diciembre de 2017

Bitacora de vacaciones. Nota 1.

Ayer esperé media hora después de media noche para buscar Merli, en Netflix. Nada. Entonces decidí hacer un recorrido por un lugar insigne de mi comunidad, como ya pudieron leerlo. El caso es que esta mañana me percaté de que la serie ya estaba en la plataforma y emocionado comencé a verla. Desafortunadamente entre visitas inesperadas, trabajadores impacientes, la escacez de agua por la avería del Sistema Cutzamala y una grata charla de varias horas vía whatsapp, sólo pude ver los primeros 15 minutos.

Llevo meses esperando la segunda temporada y no logré ver un capítulo siquiera. Como pintan las cosas seguiré esperando, probablemente, hasta el año nuevo. Se ve interesante. Me metí a Twitter para indagar (no, yo no soy de esos mamones que casi matan al prójimo si acaso cuenta algo... le dicen espoilerear... mamones, otra vez) y leo buenas cosas, muy cosas pero interesantes.

Me llamó la atención un sujeto: "Terminé los trece capítulos de #Merli2 #NetflixLA. ¿Para cuándo la tercera temporada?

Ya me quedé atrás. ¿Qué pensaría Merli, al respecto?

Bitácora de vacaciones. Día 9.

La calle del hambre adquirió su nombre por cuatro cosas: las fritangas, los tacos, las hamburguesas y la ventanita de una tienda llamada Puerto Baita donde borrachos consagrados y nóveles aventureros de la noche, forjaron hermandades legendarias.

Hace 25 años sobre la avenida Toluca, en la colonia Cumbria, apenas había unos cuantos puestos banqueteros donde se preparaban pambazos, quesadillas, gorditas, sopes y papas fritas. Recuerdo algún local pequeñito, sin mesas, donde vendían churros. No había café. Existía un carrito donde se preparaban unas hamburgesas asquerosas cuyo prodigio consistía en sostener el hambre de cualquiera hasta bien entrada la noche. El hit de ese peculiar corredor era una taquería de nombre Galván donde las familias solían reunirse los viernes por la noche. Era una taquería enorme para la época. Yo era visitante asiduo del puesto de papas fritas y con los años me volví cliente frecuente de la ventanita del Baita. Ahí conocí a varios de mis mejores amigos, me hice de unos cuantos enemigos y cruzando la calle, logré forjar un amor ridículo. Nunca faltó una trifulca a consecuencia del exceso de tragos. Nada que no pudiera dirimirse a golpes o chocando las botellas. ¡Salud por esos días!

Anoche decidí visitar la avenida Toluca muy entrada la noche: a la 01:00 am. Fue un impulso de esos que merecen cumplirse nomás por capricho. Seguramente estaba helando pues en pocos minutos de andar mi ropa se humedeció. Los viejos negocios que vi emerger hoy son un ridículo recuerdo que dio pie a locales grandes con capacidad para atender a cincuenta o cien personas a la vez pero que carecen de la calidez de los changarros pequeñitos. Suelo visitar una taquería donde cada vez me atiende una persona diferente. Esta vez hubiera ocurrido lo mismo. Decidí beber un trago. Hay un sitio a un par de cuadras. El lugar se encontraba vacío. "Ya vamos a cerrar, jefe", me informó un joven con cara de aburrido. Mi segunda opción es una casa acondicionada donde jóvenes y adultos contemporáneos (¡qué mamón!) cantaban al ritmo de La Banda Pistache. Regresé mis pasos y me dirigí a Puerto Baita. Toqué como en antaño pero nadie respondió. Los taqueros de la otra esquina, quienes tallaban coordinadamente la banqueta con sus escobas me observaron lastimosamente.

Afortunadamente frente a la secundaria Calmecac, sitio insigne para el ligue juvenil en los años noventas, encontré una taquería vacía que aún ofrecía servicio. Pedí unos tacos al pastor y una cerveza. La señorita que me atendió me observó con cierta curiosidad por pedir un trago helado en una noche que ameritaba una bebida caliente. Llegó la cerveza. Los taqueros parecieron animarse con mi presencia y trabajaron de inmediato. Comí con calma y antes de liquidar la orden pedí una nueva ronda de bebida y comida. Los tacos ahora fueron de suadero. No reparé que detrás de mí estaba un policía que le hacía señas a la señorita de la caja. Seguí comiendo y pedí otra cerveza. El radio del policía me volvió a alertar. Ahora se encontraba afuera del local recargado en su camioneta. Pedí una cuarta cerveza y otra ronda de tacos y en ese momento entraron tres personas a la taquería. Se acomodaron y pidieron tortas y café. Uno de ellos me sonrió que intentó ser amable. Aproveché para ir al sanitario y al regresar descubrí al policía, casi oculto, junto a uno de los refrigeradores. Me pareció que toda esa guardia tenía que ver conmigo.

En mi reloj casi daban las tres de la mañana cuando pedí la cuenta. Cuando recibí mi cambio, el policía se subió a su patrulla y avanzó lentamente. Metros adelante lo alcancé y al pasar a su lado lo volteé a ver con mi traicional cara de nada con la que le dediqué una gran mentada de madre. Doblé por la avenida Valle de México y el policía siguió su camino sobre la calle del hambre, que en realidad es avenida.

Ahí en la esquina del parque, que ahora se muestra oscuro y descuidado, recordé a Carolina, mi amor más ridículo. El primero a decir verdad. Un grupo de skaters se divertían con sus tablas como si fuera medio día. Cómo juzgarlos si yo decido salir a cenar a la hora de las brujas. Metros más adelante está la casa de Julissa (púchele al nombre si no recuerdan quién es). Pensé en aquellos años en que yo era idiota y enamorarme no era mi prioridad. Atravecé la avenida y me acerqué a su puerta. El patio seguía intacto, lleno de hojarasca. Ya no estaba la vieja mesa de ping pong. No tengo idea si La China siga viviendo ahí y como sea, no era la hora correcta de averiguarlo. La torreta de una patrulla iluminó la fachada y ese fue el mejor pretexto para caminar. En un Oxxo que no tenía registrado en la memoria dos borrachines juntaban sus últimas monedas para comprar un trago. Apresuré mis pasos y llegué hasta la avenida Teotihuacán, camino que me vio regresar un sin fin de noches. Ahora es un sitio peligroso, dicen. Cuando llegué al crucero donde se encuentra el semáforo me sentí seguro aunque hace unos años, la colonia donde vivo se convirtió en una de las más peligrosas de Cuautitlán Izcalli. Resultaba riesgoso andar por las calles a esta misma hora pero pesar de eso varias veces tuve la necesidad de recorrerlas, con varios tragos a cuestas, para poder llegar a casa. En la actualidad, ¿qué colonia no es peligrosa en México?, pienso. Algunos taxistas esperaban pasaje en su base. Uno de ellos, al verme, levantó el brazo ofreciéndome sus servicios. Agradecí inclinando la cabeza.

A las 03:48 encendi mi carro y decidido a regresar a la calle del hambre, esta vez sólo para recorrerla detenidamente. A medio camino pensé en mi estupidez y opté por dar vuelta rumbo al Oxxo del parque Isidro Fabela. Ahí sí había ambiente. Tres carros y una camioneta, cada cual con la música a todo volumen, esperaban a sus ocupantes quienes charlaban a grito pelado. "Buenas noches", saludé pero nadie respondió. Pedí un café, unas mantecadas y unas galletas, y cuando recibí mi pedido me apresuré al carro.

Recorrí mi colonia, siguiendo el camino de la nostalgia y pasando por las calles donde vivían mis viejos amigos. A las 05:26 llegué a la puerta de mi casa. Tenía sueño pero preferí encender la computadora y comenzar a redactar este texto. Un nuevo capricho de esos que me apetece cumplir.

*Foto: Periódico de Izcalli.




jueves, 28 de diciembre de 2017

Bitácora de vacaciones. Día 8.

"Vas a ser papá." Cada 28 de diciembre, durante varios años, ese mensaje se replicó cuando menos tres veces en mi teléfono, en diversas formas. La verdad sí me daba miedo considerando quienes me enviaban los mensajes. Pero este 2018 el ingenio decayó o tal vez muchos perdimos la inocencia y contrariamente nos declararnos en total amargura. ¡Qué terrible que una tradición antiquísima se esté perdiendo por culpa de los noticieros o los programas de televisión cuyas notas, reportajes y dinámicas absurdas ponen en alerta a la gente! Basta con que transmitan un reportaje o una noticia increible para que todos nos pongamos escépticos durante el día. Me pregunto si alguno de los que me lee cayó en alguna broma. Si es así, lo felicito, forma parte de quienes todavía son inocentes.

Y sabiendo que todos sabíamos que hoy es día de los inocentes, no faltó quien publicó en el grupo de whatsapp de la familia que se iba a casar o que estaba embarazada. Nadie lo creyó. Tampoco faltaron los fichajes bomba en el futbol o la noticia de que cierta cantante se divorciaba. Las mismas bromas, los mismos dichos de cada año. ¿Dónde quedó el ingenio? Lo siento pero vivimos en la era de las redes sociales donde se necesita ser una mente brillante o tener suficientes recursos para que lograr consolidar una broma. Para muestra dense una vuelta por los canales de bromas en YouTube.

Así que, por favor, desde hoy vaya planeando sus bromas. Los embarazos y las bodas ya no sirven para infartar a las tías gordas.

*   *   *   

Por alguna razón la ensalada navidad me sabe bien cuando han pasado tres días de la cena. Durante tres momentos comí raciones abudantes que me hacen desear que sea navidad de nuevo. El secreto para conseguir este placer se encuentra en que la noche del 24 omití probar cualquier cosa que tuviera manzana, crema y pasas mezcladas.

Hoy todavía vi algunos memes acerca del recalentado. Exagerados. Yo he subido de peso lo suficiente sólo para darme cuenta que estoy de vacaciones. Por lo demás hoy pude desayunar una torta de pierna, comer tacos de pavo con relleno y cenar un pedazo de lomo enchilado. Ni me fastidió, ni me puse como tinaco...

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Netflix pometió que la segunda temporada de Merlí se estrena el 29 de diciembre. Me pregunto si esto significa que a las 00:01 horas ya puedo estar viendo el primer capítulo. Por si eso ocurre, me desvelaré.

Tal vez se preguntan que tiene el tal Merlí para que me apasione tanto. Bueno, es sencillo. Algunas personas amaron la serie Breaking Bad, otras a Game of thrones y otros más a House of cards. Amaron esas series porque se identificaron con algún personaje y no les discuto nada. Yo no me había identificado tanto con alguien desde la caricatura de Daniel el travieso, así que era justo que lo hiciera ahora que mi vida profesional se encuentra en su punto cumbre.

Merlí, simplemente, está basado en mí. ¿Cuántos no han pensado eso con sus series preferidas?

Ya les platicaré qué pasó.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Bitácora de vacaciones. Día 7.

Lo que más disfruto de las vacaciones es hacer cosas que no hago en un día común y ver televisión es una de las actividades que más placer me provocan. Sé que el prejuicio que mis lectores tienen hacia la antes llamada caja idiota es enorme pero siempre es interesante observar los programas que se proyectan pues esto dice cómo anda de juiciosa la sociedad.

El caso es que me encuentro frente al televisor haciendo zapping. Soy un cazador y como tal tengo que acechar a mi presa. No es difícil imaginar que los programas se nutren de una estupidez monumental lo que me hace preguntarme cómo la gente puede entretenerse con ellos. Siendo honesto no sé que tan divertido puede resultar ver jugar a los conductores. Lo interesante, en todo caso, sería hacerlo uno mismo pero la televisión nos ha enganchado para alejarnos de actividades tan simples como el juego.

Paradójicamente me detengo en una sección de cocina. El chef, de nombre Mariano, es un sujeto incípido que no sabe si hablar de la receta, desarrollar la receta, hablar de los ingredientes o emitir piropos hacia su co conductora (¿debo decir pinche?), una señorita que parece entrenada para evadir los comentarios del cocinero y hacer que éste se centre en el guisado. Llega un momento en que la comida ya emplatada, se encuentra dispuesta para ser degustada por la señorita que no hizo nada. Tras un fingido bocado y una expresión que no sé si es de aprobación o repugnancia, se ponen a bailar. Ni tiempo me dio de anotar los ingredientes.

Después me encuentro a otros chefs platicando adentro de un refrigerador. Así, entre legumbres, cartones con leche y tuppers, hablan de hacer una comida que en su preparación original lleva carne pero como ellos son veganos y defensores de las carnitas y los ribe eyes vivos, la van a preparar con un hongo que no es venenoso pero que igual le arrancan cruelmente a nuestra madre tierra. Omito perder mi tiempo con estos farsantes culinarios.

Desafortunadamente, por perder mi tiempo en el canal de Imágen televisión, me pierdo la sección de cocina del programa estrella del canal 2.1. Casi una hora después llego hasta el canal 22.1 donde un señor prepara una bebida de nombre tejuino. Sin empacho alguno el hombre, a quien asocio plenamente con Don Cheto (no sé por qué conozco a Don Cheto pero así es la vida), comparte la receta que su padre le heredó y no sólo eso sino que muestra sin empacho la forma en que la prepara para su venta. Se me antoja. La sección es breve pero aleccionadora. Es una lástima que no haya visto el programa completo pero seguramente, conociendo la programación de este canal, en dos meses o en tres años, podré verlo todo.

Gracias a mis fuentes me entero que en el 1.1 existe un programa de nombre Cocineros mexicanos. La calificación con que mi informante evalúa la emisión es "muy bueno", razón suficiente para sembrarme la duda pero también para cambiar de canal. Ya en sintonía no me falta razón para decir que los programas de cocina han perdido ese toque que caracterizó a... bueno, a decir verdad no recuerdo programas de cocina dignos de pasar a la historia. Lo cierto es que este programa es de los que uno puede prescindir sin temor a quedarse sin comer pues a la vuelta de la esquina siempre habrá a una señora más eficiente y con mejor sazón que nos dejará la barriga satisfecha. El caso es que Cocineros mexicanos me recuerda un poco esa caricatura llamada Los súper campeones donde un equipo de futbol tardaba cerca de cuatro capítulos en atravesar el terreno de juego, otros dos en centrar y otro capítulo para que el delantero pensara si iba a cabecear, rematar de chilenita o simplemente iba a dejar pasar la bola para su compañero que estaba en mejor posición. Jamás supe quién ganó. Igual aquí: un cocinero a quien todos llaman cariñosamente Toño, se las da de ser muy bueno pero en realidad es más lo que presume que lo que hace. En la medida en que intenta cocinar unas costillas en salsa picante narra anécdotas que bien podría ahorrarse para su cena de año nuevo, así como gracejadas que son festejadas por dos señoritas y un joven de lentes (que a la menor provocación promete que va a preparar un pastel imposible como si eso fuera realmente una hazaña). El tal Toño se adorna mucho. Aburrido porque al dichoso platillo nomás no avanza, prefiero desertar hacia otro canal.

Ya con el coxis inflamado y a punto de apagar el televisor me encuentro con un señor bigotón, vestido de charro, llamado Yuri, que prepara pollo en salsa verde, sopa de migas y agua de mamey. Con un hablar pausado y la sensación de saber exactamente lo que hace, se centra en la preparación de sus guisos haciendo los comentarios pertinentes para rematar su proceder y nunca para adornarse. Así, en secciones breves pero concisas este hombre me da la impresión que yo también tengo la capacidad de preparar un menú para aclamar mis ansiedad.

Sin cavilar más apago el televisor y salgo a la calle dispuesto a buscar un almuerzo rico. ¿Les he dicho que en la cocina soy un fraude? Ya más tarde veré si sigo viendo la televisión o me mantengo fiel a la misión de esperar pacientemente el estreno de la segunda temporada de Merli en Netflix.